Un buen día amanece tienes dieciocho años, tu mente es un caos, tu familia ha llamado al 061 y dos tipos con cara de malas pulgas te acompañan a la ambulancia donde te llevan al recinto etiquetado como psiquiátrico,vertedero de mágicos delirios, de paranoias alucinantes, de fantasías que solo conocen la mente del supuesto enfermo y la de dios o lo que queda de él.
El recinto es nuevo para ti y en tu primera visita con el psiquiatra ya te han puesto el típico sobrenombre innatural, un sobrenombre que cambiara tu vida para siempre, no te podrás escapar, no podrás huir, no habrá retorno para ti .Te quedan dos opciones ocultarlo como buenamente se pueda atribuyendo lo innatural en ti a un simple dolor de cabeza o si no diciéndolo clara y simplemente sin tapujos ya que al fin y al cabo y en cierta manera, el problema lo tienen ellos no nosotros. Tomes la decisión que tomes únicamente el destino te podrá dar o quitar la razón dependiendo siempre de la reacción de las personas que te rodean y de tu propia familia.
Alzo aquí el hacha de guerra y me rebelo porque siempre tenemos el juego de cartas perdedor, todos los ases los tienen ellos, cada mirada de odio de unos ojos mal encarados por todas las clases e individuos de esta mierda de sociedad que lo mejor que puede ofrecerte es compasión y una mísera pensión que no te llega ni para pipas y aunque este no sea mi caso lo es el haberte quedado más solo que una ballena en el desierto.
¿Y donde acabamos todos? En la caja o en una residencia pudriéndote dejando atrás una vida vacía y carente de sentido sin haber vivido nunca ninguna primavera solo el más duro y cruento invierno, sintiendo que nunca has sido uno más, si no uno menos al que hay que controlar, encerrar y finalmente enterrar.
A veces hay gente que se pasa toda su vida buceando en su mundo, sin tener contacto con la realidad, son los irrecuperables y a veces solo a veces hay gente que sale de su propio infierno, que consiguen desasirse de los brazos del monstruo que todos llevamos dentro, de catedrales interiores donde no hay más dios que la propia y dictatorial locura, soberana de nuestra mente que hace y deshace a su antojo, que no tiene piedad, ni honor, ni entiende de justicia, que da rienda suelta a su poder y que como evidentemente no tiene entendimiento se dedica a provocar la más absoluta y furiosa demencia sin ningún tipo de control. ¿Qué te queda entonces? confiar en las batas blancas tragándote la última y moderna mierda que las empresas farmacéuticas han considerado aptas para hacer negocio, cuando no tienen ni puta idea de lo que es el dolor y que solo mitigan un uno por ciento del complejo laberinto que conforma nuestra parte del cuerpo más puñetera y más endiabladamente difícil de comprender que es nuestro cerebro.
Trabajos protegidos, asistencias psicológicas, terapias de problemas comunes, todo es una farsa, una máscara más falsa que judas y que solo te recuerda cada día lo que eres: un paria capaz, según la caja tonta, de cometer atrocidades anteponiendo y tildando siempre al autor de turno de enfermo mental. La propia sociedad lo consiente y se entrega totalmente al mismo juego de hacer leña del árbol caído, naturalmente luego se lo piensa dos veces y hacen programas hipócritas en defensa de los derechos de los enfermos mentales, pero tanto tú como yo sabemos la verdad: que no hay futuro para nosotros.
Yo me enfrento cada día al mismo contrincante a veces lo venzo con más fortuna que entereza pero solo al pensar que sufriré la misma batalla cada día se me parte el alma a pedazos y que me dices del tener hijos, ¿hijos? ¿Para qué? para exponerlos a que sufran la misma agonía que todo enfermo padece, la agonía inmisericorde del hombre o mujer elegido o marcado por el diablo para cumplir alguna irracional misión suicida y autodestructiva, inmolando la felicidad propia a través de algún tipo de fanatismo involuntario, del que el propio protagonista que lo sufre, no ha elegido ni mucho menos.
Hasta aquí hemos visto la botella medio vacía, cruelmente vacía pero ¿cuál es el secreto para hallar la felicidad en la persona enferma? esto es fácil de entender si se tiene en cuenta que siempre habrá limitaciones, pero yo en cierta manera he aprendido a convivir a duras penas con esta terrible cruz y me resigno cada vez que veo a alguna pareja joven con un carrito de bebes y toda la vida por delante, ya que siento envidia de lo que yo nunca podré tener, pero el ser humano es diferente uno de otro por naturaleza y por supuesto tampoco hay que cerrarse todas las puertas. Tú ahora tienes dieciocho años y no sabes lo que te deparará el futuro y yo, que ya estoy de vuelta, una vez más me siento a pensar, solo yo y mi enfermedad, mi esquizofrenia, mi monstruito particular reflexionando que haremos, a donde iremos , que será de nosotros ," mi tesoro, mi tesoro", ja, ja, ja...
Leandro
2 comentarios:
Este texto es un poco pesimista, aunque tiene razón, pero como esquizofrénico pienso que el problema de la enfermedad es el estigma de la sociedad, nos tienen como enfermos peligrosos pero lo importante es como se encuentra uno interiormente, ya que uno dentro de su enfermedad tiene que tener ilusiones y aspiraciones de futuro y bueno referente a la medicación muchos enfermos están sobre medicados.
Juan A.
Estoy muy de acuerdo con las palabras de este texto, pero como todo el mundo,” hay que aprender a nadar y guardar la ropa”. Es decir, que cada cual tiene que mirar por sus propios intereses y no dejarles todo el trabajo a los de las batas blancas, ya que como usted dice cada caso es particular, cada ser es diferente. Yo me dedicaría a vivir más el presente, ya que el futuro es incierto para todos y todo se cultiva desde el presente. Solo nos toca tomar nuestro tratamiento y vivir la vida sin preocuparnos demasiado.
Solimán R.
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